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Adrián Guerrero Tejada, uno de los miembros fundadores del Jotaland Outdoor Club, ha logrado finalizar su primera carrera de montaña: la Transgrancanaria Classic, una de las pruebas más exigentes y emblemáticas del trail running internacional.

 

La carrera

La Transgrancanaria Classic es una carrera de montaña que atraviesa la isla de Gran Canaria de norte a sur. La salida tiene lugar en la playa de Las Canteras, a 2 metros sobre el nivel del mar, y la meta se sitúa en el sur de la isla, concretamente en Parque Sur, en Maspalomas, a 32 metros de altitud.

El recorrido, de 127 kilómetros y con un desnivel positivo acumulado de 6.700 metros, transita por buena parte de los municipios de la isla y por espacios naturales tan emblemáticos como el Pico de Osorio, el Parque Natural de Tamadaba o el Roque Nublo. A lo largo del trayecto, los corredores disponen de nueve avituallamientos, distribuidos en puntos estratégicos del recorrido, algunos de ellos ubicados en lugares tan representativos como Teror, Artenara, Tejeda o Ayagaures.

Todo ello convierte a esta prueba en un enorme desafío físico y mental. Los participantes deben superar un trazado muy exigente, desarrollado en su mayor parte por los senderos de Gran Canaria, con fuertes ascensos, descensos vertiginosos, grandes contrastes climatológicos y una notable variedad de terrenos.

Las lluvias caídas en las zonas de medianías endurecieron aún más la carrera, obligando a los corredores a afrontar numerosos tramos embarrados. Esta circunstancia redujo notablemente la velocidad de paso, incrementó el desgaste energético y exigió mantener la concentración de forma permanente para evitar resbalones en las zonas más comprometidas.

Ya en la cumbre, por encima de los 1.500 metros de altitud, el viento fue especialmente intenso, lo que hizo descender la sensación térmica hasta valores cercanos a los 0 °C, aunque la temperatura real rondaba los 5 °C en algunos puntos.

En la bajada hacia el sur de la isla, sin embargo, la temperatura fue aumentando progresivamente a medida que descendía la altitud, alcanzando unos 19 °C en los tramos finales próximos a Maspalomas.

En esta edición tomaron la salida 871 corredores, con una participación femenina del 12 %. La tasa de abandono fue del 43,05 %, lo que supone un total de 375 participantes. Además, corredores de 49 países participaron en esta prueba, atraídos por la extraordinaria red de senderos de Gran Canaria, que permite trazar recorridos de gran belleza por algunos de los paisajes más espectaculares de la isla.

El mayor número de abandonos se produjo en los puntos de control de Teror (km 32) y Garañón (km 92), ya fuera por problemas físicos o por no superar el tiempo límite de paso, motivo que representó aproximadamente el 33 % de los abandonos.

Clasificación final

Tiempo total en completar la carrera 22:15:17 h.

  • Puesto 158 en la clasificación general.
  • Puesto 141 en la clasificación general masculina.
  • Puesto 16 en la categoría de residentes canarios.

 

Adrián Guerrero

Adrián Guerrero es un joven de 32 años, cordobés de nacimiento y canario de adopción. Reside en Las Palmas de Gran Canaria desde los 17 años y destaca por ser un deportista multidisciplinar que, en los últimos años, ha centrado gran parte de su actividad en el montañismo y el alpinismo.

En una de sus últimas expediciones ascendió varias cimas destacadas en El Chaltén, en la Patagonia argentina, junto a su amigo y compañero Rodrigo Vera, guía de Mawida Adventures. Ambos también compartieron actividades de alpinismo en zonas próximas al círculo polar ártico noruego.

Además, Adrián practica escalada, surf, buceo, ciclismo, parapente y, en general, cualquier actividad al aire libre que se le presente. De profesión es ingeniero civil, una ocupación que le obliga a pasar parte de su etapa laboral en Noruega, donde aprovecha cualquier momento libre para entrenar, independientemente de las condiciones meteorológicas.

Su fortaleza física, unida a su capacidad de adaptación y a su gusto por los entornos adversos, le permiten afrontar con entereza retos de montaña que para muchos resultarían extremadamente duros.

Es, además, un gran enamorado del Teide, cumbre que ha coronado en varias ocasiones y en diferentes estilos junto a Jon Castellano, con quien también ha realizado todos los vivacs del Parque Nacional del Teide. El 31 de diciembre de 2025, ambos ascendieron juntos a la cima del Roque Nublo, uno de los símbolos más representativos de Gran Canaria.

El relato de su primera carrera de montaña

¿Cómo conociste la carrera?

La conocí a través de amigos de Gran Canaria que ya habían participado en otras ediciones. Siempre me había llamado la atención, pero nunca me había planteado seriamente el reto de hacerla, porque tenía claro que, si me apuntaba, tenía que ser a la carrera grande, a la clásica, que es la más prestigiosa y conocida a nivel internacional.

¿Cómo surgió la idea de participar?

La idea surgió un día en mi habitación, en Noruega. Me apareció una publicidad de la Transgrancanaria y ahí me entró el gusanillo. Pensé: “¿Por qué no correrla e intentar terminarla?”. A partir de ahí se lo comenté a mi amigo Jon.

Él me dijo que también podía descargarme el track e intentarlo cualquier otro día, fuera de competición, y que él mismo me haría los avituallamientos para que pudiera vivir la experiencia. La verdad es que estuve valorando esa opción, pero al día siguiente entré en la página web de la Transgrancanaria, me inscribí y le dije: “Mira, ya me he apuntado. He cometido una locura, pero ya está hecho. Ahora solo queda prepararse para lo que viene”.

Eso fue en julio de 2025, así que todavía tenía varios meses por delante para poder prepararla bien.

¿Cómo la preparaste? ¿Cuánto tiempo antes comenzaste a prepararla?

La preparé en función del tiempo libre que tenía, porque en ningún momento dejé de lado el gimnasio, que al final es lo que te permite mantener una buena base física para practicar cualquier deporte. Tampoco abandoné otras actividades que me gustan y en las que también tengo objetivos, como la escalada y el alpinismo, así que estuve compaginando todo eso hasta noviembre.

Ya fue en diciembre, enero y febrero cuando estructuré un poco más los entrenamientos. En total, hice aproximadamente unos 1.100 km con 32.500 metros acumulados de desnivel positivo.

La preparación estuvo dividida en dos fases. Una primera fase menos estructurada, porque yo no había corrido nunca ni había practicado de forma continuada el trail running. Primero tenía que adaptar el cuerpo y acondicionarlo para una carrera así. Por eso, desde agosto hasta noviembre estuve haciendo salidas y entrenamientos sueltos, más orientados a construir una base.

¿Tenías ayuda de alguien para prepararla?

Sí, la verdad es que para preparar una carrera de este nivel hay que tomárselo en serio y ver hasta dónde puedes exprimir tus capacidades físicas y mentales. Para ello necesité la ayuda de varias personas.

Principalmente, mi amigo David Martín Coloma fue quien me entrenó y me planificó los entrenamientos. Él es un corredor experimentado de Gran Canaria, lleva muchos años en el mundo del trail running y conoce bien este tipo de carreras: cómo se corren, cómo se planifican y cómo se estructuran los entrenamientos para una prueba de esta magnitud. Para mí, David ha sido un grandísimo entrenador y un gran amigo.

Durante estos tres meses compartimos muchas horas de entrenamiento y madrugones que me costaban una barbaridad, con muchos traslados a los lugares de salida e incluso recorrimos toda la carrera antes de disputarla. La hicimos por etapas para conocer cada tramo, y eso me ayudó muchísimo porque yo no la conocía. Luego, durante la prueba, haber pasado ya por esos lugares me permitía saber qué venía después, cuándo podía apretar y cuándo convenía aflojar. Eso fue una ayuda enorme.

También conté con la ayuda de mi osteópata Jade Valero. Es la persona en la que confío y a la que siempre recurro después de cualquier actividad física exigente. Con ella hicimos una planificación previa y posterior a la carrera para intentar que las piernas llegaran en el mejor estado posible.

Y, por supuesto, no hay que olvidar la nutrición. Durante los cuatro meses anteriores trabajé con una nutricionista, Ruth Cohen, que fue quien me organizó toda la parte alimentaria previa a la carrea para intentar llevar mi cuerpo al máximo rendimiento posible en función de la carga de entrenamientos que estaba realizando.

¿Es caro participar? ¿Sabes cuánto dinero ha sido la inversión total?

Haciendo cuentas, y teniendo en cuenta que era mi primera carrera de trail running, la verdad es que sí supone una inversión importante. Yo no tenía prácticamente nada de equipamiento: no tenía zapatillas, ni ropa, ni los chalecos típicos que se usan para correr, y tampoco sabía nada de suplementación deportiva para este tipo de actividades.

Así que tuve que meterme de lleno en este mundo y hacer una inversión considerable. Para una carrera de esta distancia necesitas varios pantalones, varias zapatillas y un chaleco adecuado. En mi caso, empecé entrenando con un chaleco de seis litros que me prestó mi amigo Jon Castellano, pero enseguida me di cuenta de que se me quedaba pequeño. En una ultra tienes que llevar material obligatorio marcado por la organización, y eso ya ocupa bastante espacio. Por eso acabé decidiéndome por una mochila Rab Veil de 12 litros, que me permitía llevar el material básico y, además, espacio suficiente para el agua, la nutrición y la suplementación que necesitaba durante la carrera.

A eso hay que añadir la inscripción, el certificado médico, que tampoco son precisamente baratos, y todos los gastos acumulados de esos meses: suplementación deportiva, osteópata y nutrición.

En un cálculo aproximado, yo diría que la inversión total ha rondado los 1.500 euros en cuatro o cinco meses.

Ya en la salida, ¿qué sensaciones tenías y cómo habías planteado la carrera?

Antes de la salida las sensaciones eran bastante buenas. Tenía algo de ansiedad y de nervios por empezar, porque detrás había muchas horas de sufrimiento, disciplina y entrenamiento. Ese día era, en cierto modo, el momento de reflejar todo el trabajo hecho durante los meses previos.

Siempre hay un poco de nerviosismo, claro, pero también estaba contento porque sabíamos que el trabajo estaba hecho y que podía salir una buena carrera.

La estrategia era bastante sencilla: salir a un ritmo lento y controlar las sensaciones durante todo el recorrido, porque era una distancia muy larga y, al ser mi primera carrera, yo no sabía exactamente cómo me iba a encontrar. Así que la idea era ser conservador al principio e ir viendo cómo se desarrollaba todo.

Comienza la carrera. ¿Cómo fue? Avituallamientos, sensaciones, pensamientos… ¿Y la meta, cómo la viviste?

El comienzo fue bastante rápido. Salimos a un ritmo altísimo, casi como si se tratara de una carrera de diez kilómetros. El primer kilómetro lo hicimos a cinco minutos y los dos siguientes en torno a 4:30 min/km. Íbamos corriendo por la avenida de Las Canteras, ya cerca del Auditorio, y le dije a David: “¿No crees que vamos demasiado rápido para una carrera de 127 kilómetros?”. Su respuesta fue que sí, pero que también convenía mantenerse en posiciones delanteras para evitar los atascos que se forman al entrar en los senderos con tanta cantidad de corredores.

Una vez dentro de los senderos, el ritmo bajó bastante y empezamos a movernos ya en nuestro ritmo real de carrera. Llegamos juntos al avituallamiento de Arucas, David y yo, pero a partir de ahí nos separamos porque el terreno estaba muy resbaladizo, con mucho barro, lluvia durante casi toda la noche y bastante viento. Eso hizo que subidas como la de Pico de Osorio y otras zonas del recorrido se volvieran técnica y físicamente complicadas. La gente resbalaba hacia abajo por el barro y, en muchos tramos, había que agarrarse a las ramas para no caer. Tanto fue así que rompí uno de los bastones intentando progresar, obligándome a continuar con un bastón más corto que el otro hasta finalizar la carrera

Ahí comenzó mi aventura en solitario. Hubo un momento clave al principio, porque yo había salido muy efusivo y eso me hizo ir demasiado activado durante los primeros kilómetros. Entonces pensé para mí mismo: “Adrián, la carrera es muy larga. Vas demasiado acelerado. Relájate, baja pulsaciones, tómatelo con calma y piensa en llegar al final”. Ese fue un punto de inflexión importante. Ya solo, de noche, me puse a mi ritmo, me relajé y empecé a disfrutar más de la carrera.

Fui saliendo de la noche y llegué a la zona de Agaete, Tamadaba y luego Artenara. Allí entraron mucho viento y mucha bruma, empezó a lloviznar y la temperatura rondaba los cinco o seis grados. Yo no sufro demasiado el frío, así que pude ir desde Las Canteras hasta meta con camiseta corta y una térmica. Lo único que hice fue cambiarme la camiseta cuando la tenía muy mojada de sudor y cambiarme los calcetines en dos avituallamientos. Corrí toda la carrera con las mismas zapatillas, La Sportiva Prodigio Max,  porque eran las que mejor me iban.

A partir de Artenara el tiempo fue muy cambiante: ratos de sol, otros de viento, otros de bruma… Eso hacía que la adaptación del cuerpo fuera complicada, pero en ningún momento sentí frío. Mantuve un ritmo constante que me ayudó a conservar el calor corporal y a no tener que ponerme una capa adicional.

Al llegar a Tejeda, en el kilómetro 79, sentí que gran parte del desnivel duro ya estaba superado. Solo me quedaban unos mil metros positivos hasta el Garañón y luego la gran bajada final hacia meta. De Tejeda a meta ya quedaba prácticamente una maratón, así que eso también me motivó bastante. Pero fue ahí donde empezaron mis problemas estomacales. Durante la noche había tomado bastante isotónico y geles, y eso me provocó diarrea desde Tejeda hasta Maspalomas. Me hizo perder algo de tiempo y ritmo, porque tenía que pararme constantemente e iba corriendo con molestias de estómago, inflamación y gases.

Aun así, conseguí llegar al Roque Nublo. La subida se me hizo larga, y además empezó a hacer calor, se abrieron las nubes y cambió completamente el ambiente. Entonces apliqué el consejo que me había dado mi amigo Jon, beber solo agua para intentar limpiar el estómago de todo lo que había ingerido durante la noche. Me sentó bien y llegué al Garañón algo mejor, aunque seguía con problemas.

Ya, en el Garañón, me llevé una  sorpresa que me hizo mucha ilusión al recibir la visita de mi amigo Eli y Jade con su peque que me dieron un chute de energía para continuar con la etapa de descenso. Me cambié de camiseta y calcetines y seguí prácticamente solo con agua y algunas cosas más naturales, como plátano.

El clima cambió otra vez, se puso más cálido y tuve que quitarme la térmica para hacer la última bajada. Pero no contaba con que me iba a caer la noche encima, así que me la volví a poner. Cuando llegué a Ayagauees, sobre las ocho de la tarde, ya de noche me tomé una sopa para reponer. Tenía buenas sensaciones y muchas ganas de terminar, aunque seguía con molestias estomacales. Intenté no comer demasiado y centrarme más en beber para no tener que seguir parándome tanto.

La última bajada desde Ayagaures hasta Parque Sur, por el barranco de Los Vicentes, fue muy buena. Ahí me acordé de una frase que siempre me repetía David: “Adrián, guarda fuerzas para correr en Los Vicentes, porque ahí a la gente ya no le queda nada y, si tú eres capaz de trotar, vas a adelantar muchas posiciones”. Y así fue. Salí de Ayagaures en la posición 178 y, en esa bajada final, adelanté a unos 20 corredores.

Me lo pasé muy bien en ese tramo porque notaba que todavía tenía fuerza en las piernas. Iba adelantando a corredores de otras carreras como si yo viniera de hacer solo diez kilómetros, cuando en realidad ya llevaba más de 100 encima. Fue el momento de dar el último empujón y llegar a meta.

La llegada fue una sensación increíble. Se me vinieron a la cabeza todas las personas que me habían apoyado y todo el esfuerzo y sufrimiento que había detrás de ese momento. Me acordé de David, mi compañero, con quien debía haber entrado en meta, pero que no pudo terminar por una lesión y tuvo que ir directamente al médico desde Tejeda. Habría sido perfecto cruzar juntos.

También me acordé de mi familia, que siempre me apoya en cualquiera de mis locuras. Y, al entrar en el corredor de meta, vi a mis tíos, que le dieron a ese momento un toque todavía más especial, después de tantas horas de lucha no solo física, sino también mental.

Allí terminó el sufrimiento… aunque no sin una última visita al baño.

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Háblanos del material. Llevaste el chaleco de hidratación de Rab, ¿qué tal te fue durante los entrenamientos y la carrera?

Como comentaba antes, yo nunca había practicado este deporte. Cuando empecé a correr, mi amigo Jon me prestó su chaleco Rab Veil de 6 litros, y la verdad es que cumplía perfectamente su función. Me sirvió para muchas salidas y me resultaba cómodo. Sin embargo, para una ultra como la que iba a correr, se quedaba corto de capacidad, porque la organización te obliga muchas veces a llevar material básico obligatorio por cuestiones climatológicas y de seguridad, y eso ya ocupa bastante espacio. Si a eso le sumas la suplementación, los soft flasks y los bastones, se quedaba pequeño.

Por eso me decidí por el Rab Veil de 12 litros. Como el de 6 litros ya me había resultado muy cómodo, opté por seguir con la misma línea. Empecé a usarlo en los entrenamientos y la verdad es que no tengo ninguna queja. Es un chaleco muy cómodo y, además, muy resistente. Yo lo he castigado bastante: llegué a entrenar con él lastrado, metiéndole hasta un kilo de arroz, e incluso friends de escalada para añadir hasta 5 kg de lastre. Y el chaleco ha aguantado mucho más de lo que esperaba.

Después de todos estos meses de entrenamiento y de la carrera, sigue en unas condiciones bastante buenas para la cantidad de kilómetros y horas de uso que tiene.

Recuerdo, además, una anécdota curiosa: durante este periodo, un amigo mío se compró un chaleco de otra marca muy reconocida en el mundo del trail running y, sin embargo durante los entrenamientos, le producía rozaduras en la espalda. Era un chaleco caro y de una marca prestigiosa, pero hasta que consiguió adaptarse a él, durante las primeras cuatro, cinco o seis salidas lo pasó bastante mal. En mi caso, con el material de Rab no he tenido ningún problema. No he sentido incomodidad en ningún momento. Me ha parecido un chaleco muy cómodo y muy versátil.

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Y el calzado, ¿qué zapatillas llevabas? ¿Usabas las mismas en los entrenamientos y en la carrera?

Sí, llevé las mismas zapatillas tanto en los entrenamientos como en la carrera.

Con el calzado también tuve que experimentar bastante. Empecé a correr con unas La Sportiva Ultra Raptor II, pero debido a una lesión que aún arrastro en el tobillo derecho, que me hice en abril de 2025 mientras escalaba en Chile, notaba que eran demasiado rígidas para mí. Son unas zapatillas con poca amortiguación y eso me estaba generando una fascitis plantar.

Como todavía estaba en una fase inicial de la preparación y ya estaba teniendo ese problema, tuve que buscar una solución. Hablando con gente con más experiencia, decidí cambiar a una zapatilla con más amortiguación y más drop, algo que me ayudara a reducir el impacto del talón contra el suelo. Fue entonces cuando me decidí por la La Sportiva Prodigio Max.

Desde el primer momento me parecieron unas zapatillas muy cómodas. El taqueado no era excesivamente agresivo, lo que me permitía usarlas en distintos tipos de terreno sin necesidad de cambiar de calzado, y además tenían la amortiguación que yo necesitaba para hacer largas distancias sin agravar la lesión del tobillo.

Cuando comprobé que me funcionaban bien, compré dos pares, porque con uno solo no me daba. Actualmente, una de ellas tiene casi 700 kilómetros y, visualmente, sigue bastante bien para todo el uso que ha tenido. Nunca me habían durado unas zapatillas tantos kilómetros, porque normalmente suelo destrozarlas bastante rápido, en unos 300 o 400 kilómetros.

Valoración final: ¿qué aprendizaje te llevas? ¿La experiencia coincidió con lo que imaginabas? Y si tuvieras que repetir, ¿qué mejorarías o cambiarías?

La experiencia que me llevo es enorme, espectacular. Pero, por encima de todo, hay una reflexión que me marcó durante la carrera: antes de salir, mi mayor preocupación era la respuesta física del cuerpo. Pensaba en los kilómetros, en mis tobillos, en las rodillas, en cómo iba a soportar semejante exigencia. Sin embargo, con el paso de las horas entendí que el verdadero reto no estaba tanto en las piernas como en la cabeza. Y eso me sorprendió. Yo esperaba un desgaste principalmente físico, pero descubrí que una prueba así se basa, sobre todo, en la fortaleza mental. La mente tiene un peso decisivo en este tipo de carreras. Si tuviera que resumirlo en una cifra, diría que un 80 % es mental y un 20 % físico.

Si tuviera que repetirla, la verdad es que cambiaría algunos detalles. Principalmente, todo lo relacionado con la nutrición y la hidratación durante la carrera, ya que me la gestioné yo solo. Como novato cometí errores que me pasaron factura. Ahora, con la experiencia y el conocimiento que me llevo, cambiaría esa planificación de la ingesta para poder mantener una alimentación más regular y equilibrada durante la carrera.

Ahora ya sé mejor qué alimentos soy capaz de tolerar en una ultra, porque llega un momento en que el estómago se cierra y no puedes comer todo lo que te gustaría. Sé, por ejemplo, que el plátano me entra bien y que algún trozo de tortilla también lo tolero. Ese autoconocimiento me permitiría mejorar varios aspectos relacionados con la nutrición deportiva.

¿Te planteas volver a repetir esta carrera?

A día de hoy, sinceramente, creo que no la volvería a repetir. Soy una persona a la que le gustan muchas disciplinas deportivas y esto, para mí, fue un reto personal que ya he cumplido. Me llevo una experiencia enorme y una satisfacción grandísima.

Solo hay un pequeño detalle que para mí tiene mucho peso, y es el único motivo por el que quizá volvería a hacerla: mi compañero David. Ha sido mi gran amigo y compañero durante todos estos meses de entrenamiento, sacrificio, madrugones, días de lluvia y frío, tanto aquí como en Noruega, donde yo también entrenaba solo con nieve, a temperaturas de hasta 12 grados bajo cero, llegando con el pelo, las pestañas y las zapatillas congeladas.

Al final, él no pudo terminar por lesión, y ese es el único “pero” que le pongo a toda esta experiencia: no haber podido compartir la línea de meta con él. Así que, si algún año vuelve a apuntarse, probablemente yo también lo haría para poder cruzar esa alfombra azul juntos.

¿Y otras carreras de montaña?

Preparar esta carrera me ha exigido muchísimo tiempo. He tenido que ser disciplinado, constante, organizarme muy bien y establecer prioridades a la hora de entrenar. También he tenido que cuidar mucho la alimentación. Todo eso supone un esfuerzo grande para una persona que tiene que trabajar y ganarse la vida fuera del deporte profesional.

Por eso, afrontar una carrera de estas dimensiones implica compaginar muchas cosas y dedicarle bastante tiempo al trail running si realmente quieres vivir la experiencia en buenas condiciones, sin llegar desentrenado o con una forma física insuficiente.

Para repetir una carrera y disfrutarla tanto como esta, tendrían que darse unas condiciones de tiempo, disponibilidad y planificación adecuadas. Solo así podría volver a prepararla de una manera positiva, sin caer en lesiones o en problemas derivados de una mala planificación.

Agradecimientos

No quiero terminar esta experiencia sin expresar mi agradecimiento más sincero a todas las personas que han sido fundamentales en este camino. En primer lugar, a David Coloma, que durante todos estos meses ha sido mi mentor, mi entrenador y una referencia constante. En él he confiado plenamente y con él he compartido dudas, entrenamientos, decisiones y buena parte del aprendizaje que me ha llevado hasta la meta.

Junto a él, quiero reconocer también a Jon Castellano, compañero de aventuras desde hace muchos años y pieza clave en esta experiencia. Su apoyo fue fundamental, especialmente encargándose de toda la logística de los avituallamientos desde Fontanales en adelante, algo que supuso un esfuerzo enorme. Por eso, siento que una parte importante de esta carrera y de este logro también les pertenece a ellos.

Mi agradecimiento va igualmente para Jade Valero y Ruth, que me ayudaron a llevar mi cuerpo al mejor estado posible antes y después de la carrera, permitiéndome afrontar este reto con las mayores garantías.

Tampoco quiero olvidarme de dos grandes amigos, Eleazar Rodríguez y Yun Chan Huan Beltrán, que creyeron en mí desde el primer momento y me transmitieron siempre una confianza absoluta. Ellos sabían que iba a luchar hasta el final y su apoyo también ha sido muy importante en este proceso.

También quiero dar las gracias a Lima Sport, por acompañarme siempre con el mejor material, buscándome equipamiento de máxima calidad y tecnología para mis actividades de montaña. Su respaldo ha sido, sin duda, un apoyo muy valioso para poder alcanzar este objetivo.

Y, por supuesto, mi agradecimiento más profundo es para mi familia. Ellos son un pilar fundamental, quienes me apoyan incondicionalmente en cada reto, en cada aventura y en cada locura que me propongo. Gracias de corazón por estar siempre ahí, porque este logro tampoco habría sido posible sin ustedes.

Al final, una carrera así nunca la termina una sola persona. Detrás de cada meta hay muchas manos, muchas palabras de ánimo, mucho tiempo compartido y mucha gente empujando desde cerca. Por eso, esta Transgrancanaria Classic no solo la siento como un logro personal, sino también como una experiencia compartida con todos los que han formado parte del camino.